viernes, 29 de febrero de 2008

Tossa de Mar.

Angels en Tossa de Mar


Mucho antes del nacimiento de nuestra hija Jana ya solíamos ir a Tossa de Mar, nos gustaba el pueblo, a pesar de los cambios que implica el "progreso" seguía manteniendo un cierto encanto (es curioso, siempre veo el "progreso" como algo malo, algo que estropea, dificulta y complica. Soy partidario del "progreso" con moderación, razonable, aquel que ayuda, da bienestar y respeta la naturaleza. Me gusta el contacto con la tierra).
La Vila Vella, montaña, rodeada de mar y muralla, en su interior, casas típicas, herencia de pescadores, gente del pueblo y el Museo.
Flores en la ventana, en la calle y donde hay tierra más flores. Subía por estas calles estrechas y empinadas, otras veces por la rampa, aquella que partiendo del paseo junto a la playa sube girando, girando derecha izquierda, derecha, pasa bajo el arco de la muralla, gira de nuevo, la vieja iglesia derruida. Los cañones mirando al este, mirando el mar, cada mañana el sol. Arriba, los pinos, pinos en continua reverencia, reverencia forzada por días y más días de viento, y allí sentado, meditaba, sin proponérmelo tomaba el sol, dibujaba, otras veces con la lectura de un libro y entre lectura y lectura levantando la vista para sentir el paisaje.


Mis padres, Carmen, Angels, Jana y yo en el Torreón


Otras veces solíamos hacer un recorrido por la montaña, subíamos la cuesta, aquella que hay detrás de la iglesia hasta llegar a los depósitos del agua, una vez allí dejando el camino y entre los árboles nos acercábamos al solitario torreón, hermano de aquellos que abajo y junto al mar se han unido formando la muralla. Allí contemplábamos el pueblo, después deshaciendo lo andado nos encontramos otra vez en el camino, seguíamos subiendo.
Una vez arriba, el camino se bifurca y cogiendo el de la izquierda llegamos al viejo banco de piedra, este rodeado de alcornoques, desnudos y altos sin mas visión que el propio bosque el cielo y el camino. Cuando alguno de nosotros decide marchar, marchábamos, de nuevo el camino y al poco rato el azul del cielo se junta con el verdeazul del mar, arriba el sol, amarillo implacable, los acantilados, los huertos, pequeños huertos, sembrados de maíz, de espantapájaros, espantapájaros azotados por el viento, espantapájaros en continuo movimiento, abajo, a muchos metros el mar.
El camino sigue apretujado entre huerto y huerto se hace sendero, sigue por entre las rocas, salta, gira por los pinos, pasa entre pitas y chumberas y al final llegamos a los escalones. Seguimos andando, ya se ve el faro y a medida que nos acercamos va apareciendo las casas, las torres, la muralla y por ultimo la playa, "el Codolar".
Bajamos al pueblo, andamos un poco y el recorrido se acaba ¡ya estamos de nuevo en casa!.

1 comentario:

Jana dijo...

Qué bonita estaba Tossa, y que guapa estaba la Mama! que recuerdos, que fuerte reencontrarse con el pasado... solo puedo decir: que suerte he tenido!
Jana