(Conocía el pueblo de pasada, alguna vez lo había cruzado para ir a Castellar de n’Hug. Me gustaba, el entorno, la entrada por la carretera, los grandes plátanos, el río Llobregat, las fuentes y los puentes)
Mª Ángeles trabajaba (como administrativa) en el departamento de endocrino del hospital de Sant Pau cuando una compañera nos invitó a pasar un fin de semana en su casa de la Pobla de Lillet. Después de esta breve estancia y pasado un tiempo la compañera nos comunica que deja la casa y marcha con su marido al Canadá. Al quedar libre, la amiga nos proporciona el contacto del dueño de la casa, hablamos con él y llegamos a un acuerdo, nos la alquila por 120.000 pesetas al año, pagado en dos veces.
la barraca. Cada fin de semana subíamos a la Pobla, la casa estaba a la entrada del pueblo, delante de la Font del Roser, tenía por nombre "la Barraca" la tenía o se la pusimos nosotros, no recuerdo bien, pero sabíamos que era una casa que había hecho el propietario anterior, una parte de ella, la parte alta, que era la que nos alquilaba estaba compuesta por dos habitaciones una cocina pequeña y una salita con una estufa de leña y carbón. El carbón, nos lo suministraba Carlos, de la asignación que tenía por trabajar en la Mina, (a Carlos lo conocimos más tarde). Delante de la puerta había una gran mesa de piedra, estaba al lado de un ciruelo que en verano daba una buena sombra y cuando era el tiempo ciruelas. A la izquierda una terraza y al lado un cercado de tela metálica donde había unas cuantas gallinas. Saliendo de la casa a la derecha el lavabo y WC, también unas escaleras que bajaban hasta el camino, pasábamos por el huerto del señor Salvador (padre del dueño) hasta la puerta de la finca. Salvador era el padre del propietario, se entretenía en el huerto y muchas veces nos regalaba parte de su cosecha, era andaluz y muy buena persona, nunca aceptaba una invitación, era callado y no le gustaba molestar. Me recordaba a mi abuelo.
La casa se encontraba a diez minutos (andando) del pueblo.
No había agua corriente en la finca, en la puerta de casa había un pozo que se abastecía de lluvia, al abrir el grifo se ponía en marcha la bomba que hacía correr el gua (nunca nos quedamos sin ella) solo en invierno cuando llegábamos de noche y se habían congelado las tuberías, entonces, no quedaba más remedio que hacer un fuego en el suelo… esperábamos un rato hasta que se derretía el hielo, ¡así de fácil!
La Barraca, ha sido uno de los sitios más acogedores que hemos vivido. Quizás por ser una casa pequeña, el sitio, en plena naturaleza, en un lugar solitario a la entrada del pueblo y por la juventud que en ella habitaba, a veces éramos muchos y cuando esto ocurría, en una habitación dormíamos Mª Angeles, Pau y yo, en la otra, siendo también pequeña teníamos 5 camas, y en el comedor (pequeño) una estufa y un sofá cama. El recorrido y distancia desde Barcelona nunca se me hizo pesado (2 horas) salíamos el viernes por la tarde y volvíamos el domingo a última hora (los niños con el pijama puesto). Siempre me ha gustado la naturaleza, el campo, la montaña, y aquí en la Pobla de Lillet tuve la oportunidad de todo ello. La compañera de Mª Ángeles nos había presentado a una familia que ella por cuestión profesional (doctora) había conocido, (los Vilalta) ellos fueron los que nos enseñaron y ayudaron en nuestros pasos por el Pueblo y su entorno.
senderismo. Recuerdo nuestra primera "Caminada Popular" el recorrido fue partiendo desde el pueblo, (la Font de la Magnesia) ahora Jardins Artigas, Clot del Moro, Meranges, (donde almorzamos) continuamos por el rio Arija, el Monestí y de nuevo llegamos al pueblo. Pau que entonces tenía 7 años nada más empezar cogió la delantera, pero no había problema pues en el pueblo ya lo conocían y continuamente nos iban informando. Hacíamos muchas excursiones por los alrededores, conocimos el Catllarás, el bosque, el chalet de Gaudí. Nuestros amigos Carlos y Mª Oms nos enseñaron lugares como "la Flor de Neu", el Roc del Catllarás, en verano salíamos a comer al bosque y después como norma general nos caía un chaparrón… así, a finales de agosto salían los primeros "robellones".
nieve. Recuerdo un día de invierno que vino mi hermana Mª Carmen y Salva. Era medio día, fuera de la barraca hacía frio, dentro, desde primera hora de la mañana la estufa calentaba la casa, Mª Ángeles hacía la comida mientras nosotros preparábamos la mesa; por la ventana veíamos caer unos diminutos copos de nieve, más tarde una vez habíamos comido y sentados alrededor de la estufa, alguien miró por la ventana y fue entonces cuando vio que todo se había cubierto de blanco, todos miramos la cantidad que había caído, serían unos 30 cm. de nieve. Sin pensarlo demasiado salimos fuera de la barraca y jugando con la nieve nos dirigimos al pueblo.
la visita de Felipe. Felipe (compañero de trabajo) un día nos hizo una visita y junto con Pau decidimos subir andando hasta Falgars. Una vez en Falgars llegó el mediodía, habíamos quedado con Mª Ángeles y emprendimos el camino de vuelta, llegando al "primer grau" se veía la Pobla, a la izquierda la Barraca, íbamos bajando cuando observamos la columna de humo que salía de un lado de la casa, como otras veces veíamos a Mª Ángeles al lado del humo, estaba haciendo la comida. Llegábamos al bosquecillo de Ventaiola cuando empezó a lloviznar, nos dimos prisa y después de quince minutos llegamos a casa. Mª Ángeles terminaba de hacer la paella, a "cielo abierto", el agua caía dentro de la paellera… no sé si sería el cansancio o el hambre, pero no dejamos ni un grano… y estaba buenísima.
el casal. Alguna tarde nos acercábamos al casal del pueblo, era un espacio grande con una estufa central de la cual salía una chimenea y un tubo que recorría gran parte del local; había unos futbolines, mesas de villar y juegos de cartas, ajedrez etc. allí nos encontrábamos con la mayoría de los conocidos del pueblo, pasábamos tardes tranquilas y animadas. Era un punto de encuentro. No sé cómo fue que lo cerraron, (era un local emblemático y muy concurrido) pero más tarde cuando nos dimos cuenta habían hecho una residencia para las monjas… el Casal parece que era parte del patrimonio de la iglesia, quizás alguien (con el fin de ganarse el cielo) lo había donado para "los pobres".
Bruce (el gato) también venia con
nosotros.
En otra ocasión subieron unos amigos de mi hermana Carmen, fuimos hasta el Monasterio, desde allí, se ve todo el valle, los árboles, los huertos, el pueblo, las montañas, y el Pedraforca. -Y el amigo me dice - ¿Qué es lo que encuentras en este lugar para que te guste tanto? -¡me quede sin palabras!, ¡realmente me dio pena! Y… tuve una duda -¿se habrá quedado ciego?
día de robellones… con Pau. Estábamos en otoño, era la época de bolets, cogimos una cesta de mimbre y unos palos y nos dirigimos al Catllaràs, íba con Pau. Subimos, pasamos Falgas y en una explanada (donde se desvía el camino al Camp de l’Ermità) dejamos el coche, fuimos por un sendero de marcas amarillas, dirección mirador del Roc de la Lluna, habíamos andado como media hora, pasamos por la entrada de la mina y al poco rato la torrentera, la pasamos y llegamos a un pequeño valle, aquí empezamos a llenar la cesta. Teníamos media cesta llena cuando empezaron a caer las primeras gotas, la lluvia se fue animando, la cosa iba en serio y nos resguardamos en el saliente de una roca, no era muy grande pero suficiente para los dos; junto a Pau, sentados, abrazados y bien juntitos esperamos que pasara el chaparón, delante, los árboles, las rocas, la lluvia que caía sobre el verde bosque, no fue mucho rato el que estuvimos, pero fue suficiente para quedar en la memoria como uno de aquellos momentos inolvidables. Pasó el chaparrón y lo sensato habría sido marchar… pero de nuevo aparecieron los robellones, no sé si influyó la lluvia, pero ahora se veían por todas partes como manchas anaranjadas destacándose en la verdura, nos animamos y contentos llenamos la cesta… al rato y sin darnos cuenta, traicioneramente, nos fue llegando de nuevo la lluvia. ¡Esta vez no había tregua!… un chaparrón de campeonato. Nos retiramos huyendo hacia el coche. Como distaba media hora, llegamos chorreando, una vez dentro, lo primero que hice fue encender la calefacción, nos sacamos la ropa mojada y nos tapamos con la de recambio. Después, felices y secos nos dirigimos al pueblo... Mª Ángeles nos estaba esperando.
de palos y bastones. Aquí empezó mi afición por los palos y los bastones. Primero fueron los de Boj y después los de Avellano. No puedo ir al monte sin un palo o una vara… me acompaña y me ayuda.
años finales en la Pobla de Lillet. Pasaron los años y los hijos no subían. Esto propició que las salidas y excursiones ya no fuera lo mismo, salíamos solos o acompañados por algunos compañeros del pueblo. A todo esto, se unió un año de fatalidades, múltiples accidentes de tráfico donde fallecieron algunos amigos. Todo esto, junto con la desaparición del Casal (lugar de encuentro de una gran parte del pueblo) desanimó a muchas personas. En la Pobla de Lillet he pasado posiblemente los mejores años de mi vida, y me atrevería a decir "plagiando a Picasso" que todo lo que he aprendido de la naturaleza y mi amor a ella ha sido (no diré, solo en la Pobla de Lillet) sino en todo el Berguedà (el Catllaràs, el Pedraforca, Peguera, Queralt, el Cadí…).
Fuimos interesándonos por alguna casa del pueblo, las que había o eran muy caras o estaban muy deterioradas. En Berga Mª Ángeles vio una oferta de una casa que se acercaba a nuestro presupuesto, estaba por arreglar, pero teníamos que verla. La casa está en Puig-Reig, viniendo de Barcelona primer pueblo de la comarca del Berguedá, la fuimos a ver (y contando como contábamos con un presupuesto modesto) nos pareció bien, era una ruina, pero la podíamos restaurar. La compramos y poco a poco entre Mª Ángeles y yo con mucha ilusión la fuimos arreglando (dos años de arreglos) Ahora, cuando vamos, estamos bien, la casa es acogedora… aunque siempre que podemos, mientras el cuerpo aguante, salimos a caminar por la comarca.




No hay comentarios:
Publicar un comentario